Por Ángela Medrano
La transformación digital de la Administración tiene en la tecnología su principal facilitador. Es la herramienta que permite que la modernización exista y se materialice. Sin embargo, más allá de la infraestructura o de las aplicaciones, el verdadero factor diferencial está en cómo se usa el dato público, la materia prima de la acción administrativa.
En este contexto, resulta urgente reflexionar sobre su valor: cómo se genera, cómo se protege y, sobre todo, cómo se convierte en conocimiento útil para tomar mejores decisiones y ofrecer mejores servicios a la ciudadanía.
Los entornos Cloud y SaaS se han consolidado como la palanca que permite que ese dato exista, circule y genere valor real, sin perder de vista su cuidado desde una perspectiva ética y de seguridad, en línea con marcos como el Esquema Nacional de Seguridad (ENS) y el Esquema Nacional de Interoperabilidad (ENI).
Trabajar en la nube significa acceder a aplicaciones y sistemas sin depender de infraestructuras propias ni de complejos mantenimientos técnicos. Pero el verdadero cambio es cultural. La Administración deja de centrarse en “gestionar sistemas” para centrarse en prestar servicios públicos de calidad, continuos y resilientes.
Este enfoque conecta directamente con los principios recogidos en la Ley 39/2015 del Procedimiento Administrativo Común y la Ley 40/2015 de Régimen Jurídico del Sector Público, que impulsan una administración digital, interoperable y orientada al ciudadano.
El modelo Cloud libera tiempo, recursos y talento. Permite que los equipos públicos, a menudo reducidos y sometidos a una elevada presión operativa, dediquen sus esfuerzos a lo que realmente aporta valor: analizar información, coordinar políticas públicas y mejorar la atención a la ciudadanía.
Los entornos Cloud y SaaS facilitan algo esencial: que el dato público esté disponible, estructurado y conectado.
No se trata solo de almacenar información, sino de transformarla en conocimiento que permita elevar la gestión pública a los estándares de calidad y excelencia deseados por ciudadanos y gestores públicos.
Cuando los datos fluyen entre áreas y sistemas, es posible simular escenarios en ámbitos tan diversos como la movilidad, la salud o el padrón, anticipar necesidades, optimizar recursos y, sobre todo, tomar decisiones basadas en evidencias y no únicamente en la urgencia y con carácter reactivo.
Pero en este punto no debemos tampoco olvidar el papel del capital humano. La tecnología habilita, pero son las personas, funcionarios, técnicos y gestores públicos, quienes interpretan el dato, lo contextualizan y lo pueden convertir en acción pública. Como abordamos en el blog de Berger-Levrault, el dato solo genera valor cuando está al servicio de quienes gestionan lo público.
Los modelos SaaS permiten trabajar con sistemas siempre actualizados, accesibles desde cualquier lugar y alineados con la normativa vigente. Favorecen el teletrabajo, la colaboración entre administraciones y la continuidad del servicio, incluso en contextos complejos.
Además, refuerzan la seguridad y la gobernanza del dato, especialmente cuando se apoyan en infraestructuras cloud soberanas, operadas por proveedores europeos y alineadas con los más altos estándares de protección de la información.
Para la ciudadanía, todo ello se traduce en servicios más ágiles, coherentes y personalizados. Para el gestor público, en herramientas que aportan visión, control y capacidad de anticipación.
La nube no es el objetivo final. Es el medio para construir una Nueva Administración Electrónica, donde el dato y el metadato son la base de una gestión más inteligente, transparente y sostenible. Solo así y sobre esta base sólida, la aplicación de la inteligencia artificial deja de ser un complemento accesorio para convertirse en una capacidad estructural al servicio del interés público.